En todo el mundo, poco a poco, los Estados, y el peruano también, van tomando conciencia de que es preciso salvaguardar el patrimonio cultural que constituyen las casonas, palacios, mansiones y otras construcciones antiguas de las ciudades, tanto civiles, como militares o religiosas.

Durante años se han destruido o dejado caer un enorme número de casas importantes de la ciudad de Lima dañando de esta forma, de un modo doloroso e irreparable, su alma connatural. En esas moradas vivió una élite nobiliaria, política, comercial… que -en unos tiempos en los que se aún degustaba el dulce encanto de la lentitud- se tomaron la molestia de construir no sólo de manera práctica y sólida sino también con gusto y buscando la belleza.

Lima, la capital peruana ha iniciado -hace un año- en este sentido una especial labor de concienciación gracias a expertos como el arquitecto Luis Martín Bogdanovich, y su excelente trabajo como gerente del Programa Municipal para la Recuperación del Centro Histórico de Lima. Su imprescindible y dedicada labor para la revaloración y conservación del patrimonio de la vieja Lima, fue precedida en otras épocas por la de otros estudiosos de las calles limeñas que -a través de sus obras- intentaron subrayar su hermosura y valor intrínseco. Nombres como Luis Antonio Eguiguren y su “Las calles de Lima”, o Pedro Benvenuto Murrieta, y su “Quince plazuelas, una alameda y un callejón”, o César Pacheco Vélez y su “Memoria y utopía de la vieja Lima”, brillan con luz propia. Luis Alayza y Paz Soldán, en su “Historia y romance del viejo Miraflores” contribuyó también, como otros destacados escritores peruanos, a mantener vivo el recuerdo de lo que fue Lima y sus balnearios.

Aún pueden salvarse muchas de esas casonas y nuestros descendientes lo agradecerán. El Estado Peruano utiliza algunas de ellas como sede de instituciones oficiales y de esta forma las mantiene en uso y en óptimas condiciones. Un caso de lo apuntado es la Casa de Pilatos, de Esquivel y Jaraba, hoy sede del Tribunal Constitucional. Otro es el Palacio de Torre Tagle, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Las casonas de Lima tienen características peculiares que las hacen únicas, tanto por su material de construcción como por sus portadas, balcones, rejas o patios.  Dan carácter a la ciudad y fueron una de las razones por las que el centro histórico de Lima fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, en 1991. Las casonas son un testimonio del pasado y para el futuro, constituyen no sólo un patrimonio material sino también inmaterial pues en ellas desarrollaron sus vidas, como ya he apuntado, personas relevantes de la historia de la ciudad o, simplemente, familias muchas de las cuales poseen aún descendencia en el Perú.

El ver sólo las casonas como construcciones ocupantes de un terreno con potencial valor comercial y especulador, plaga que por desgracia está muy extendida, demuestra una falta de respeto a la historia, un desprecio a las propias raíces, y un afán codicioso francamente deleznable.

Por otra parte, Lima es una ciudad que recibe cada día más turistas. No vienen a ver los -en su mayoría- horribles edificios de los años sesenta y setenta, que ocuparon el solar de muchas de esas casas, sino a admirar -entre otras cosas- los bellos balcones y rincones de la vieja Lima, capital que fue del Virreinato del Perú y hoy lo es de la República. Desechar ese legado es prueba -además- de una miopía lamentable pues supone un reclamo notable para el extranjero, como lo pueden ser -en su estilo- los castizos barrios madrileños, los elegantes bulevares parisinos o las antiguas calles romanas, plagadas de los palacios de la nobleza negra.

A lo largo de estos años he visto horrorizado como grandes casonas limeñas o miraflorinas, como la Casa Salcedo o la Casa Marsano, han sido derruidas para abrir avenidas, instalar playas de estacionamiento, construir anodinos edificios, o instalar supermercados y mercadillos de artesanía que podrían haber sido puestos en otros lugares más adecuados.

Actualmente la Municipalidad de Lima está llevando a cabo una labor de concienciación y asesoramiento para el correcto mantenimiento y conservación con los propietarios e inquilinos de muchas casas antiguas de la vieja Lima y otras que sin serlo están en la zona monumental. Ya son cerca de 700 inmuebles los intervenidos, aunque la tarea será prolongada pues son más de 7.000 en el centro histórico de la capital. Espero que sea una labor que trascienda estas gestiones y que, por el bien de Lima, continúe permanentemente.

Las casas son construcciones para ser habitadas. Lo ideal es que en ellas residan familias y desarrollen sus vidas, sus alegrías y sus penas, impregnando así sus paredes de su ser, de sus vivencias. Pero, cuando eso no es posible, hay que procurar darles un fin que las preserve del abandono y la destrucción.

En los últimos lustros se han llevado a cabo por diversas instituciones, públicas y privadas, restauraciones o rehabilitaciones de casas como las de Bodega y Cuadra, convirtiéndola en un Museo que recuerda las hazañas del navegante peruano, descubridor de Vancuver, Juan Francisco de la Bodega y Quadra. En este sentido, se ha conservado en pie, gracias a la Fundación Pedro de Osma, la casa de esa familia en Barranco, donde está el Museo de ese nombre; se ha restaurado parte de la Casa de las Columnas gracias al Fondo Mundial de Monumentos; se está restaurando la Casa Fernandini, construida en 1913 por el arquitecto Claudio Sahut y poseedora de un interesante archivo; se ha conservado y mantenido con su sabor propio la Casa Riva-Agüero, donde viviera el insigne polígrafo José de la Riva-Agüero y Osma, dándole la función de sede del Instituto histórico de ese nombre, de la Pontificia Universidad Católica del Perú; se ha arreglado y reamueblado la Casa Goyeneche -también llamada Casa Cavero o Casa Rada-, hoy utilizada por el Banco de Crédito para diversos eventos; se ha conservado y utilizado la Casa Osambela u Oquendo como sede de la Academia Peruana de la Lengua y Lenguas Nativas y de la Oficina Regional en el Perú de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI); se ha restaurado la Casa de las Trece Monedas donde está instalado Museo Nacional Afroperuano siendo antes sede del Instituto de Matemáticas y Ciencias Afines de la Universidad Nacional de Ingeniería; se ha restaurado la Casa de las Trece Puertas donde la Caja Metropolitana organiza exposiciones; se ha acondicionado la Casa Aspíllaga para sede del Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega, del Ministerio de Relaciones Exteriores; la Casa de Larriva, restaurada en los años cincuenta por el arquitecto Rafael Marquina, es sede de la Sociedad Entre Nous constituyendo un floreciente centro cultural con la participación de la Asociación Lima Triumphante y la Universidad Católica Sede Sapientiae; la casa O’Higgins alberga el Museo de Arqueología Josefina Ramos de Cox; se ha conservado la Casa del General César Canevaro dándole uso la Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes del Perú; se ha utilizado como Conservatorio Nacional de Música la Casa de los Condes de Torreblanca y como Museo de Minerales “Andrés del Castillo Rey” la Casa Belén.

La familia Larco ha conservado y mejorado cada vez más el entorno y la propia Casa Hacienda donde hoy está el Museo Rafael Larco Herrera en Pueblo Libre, verdadero ejemplo de puesta en valor de nuestro legado precolombino. Un caso muy especial es la Casa Aliaga, aún en poder de esa antigua familia descendiente del conquistador Jerónimo de Aliaga, que se ha esforzado por conservar y abrir al público esa mansión, única en América por su pervivencia en el mismo linaje desde la fundación de la ciudad. Hoy la habita el actual Conde de San Juan de Lurigancho, Gonzalo de Aliaga. El arquitecto Héctor Velarde restauró la Casa de la Archicofradía de Caballeros Veinticuatro de la Santísima Veracruz de Lima, sede del desaparecido Museo de Arte Taurino de Fernando Berckemeyer y así podríamos dar otros ejemplos que alivian en parte mi desazón por la pérdida para siempre de otras bonitas construcciones, parte imprescindible de nuestra historia y memoria.
Mucho, pues, se ha hecho pero aún queda mucho por hacer. Hay casas hermosas completamente tugurizadas o convertidas en centros comerciales que deterioran y transforman para mal sus características y valores originales. Otras donde se han instalado imprentas, como en la Casa Barbieri o de los Condes de Villar de Fuentes, y algunas que poco a poco van deteriorándose en una decadencia que parece no tener fin. Es responsabilidad de todos los peruanos denunciar estas situaciones y ayudar con acciones concretas y legítimo compromiso para que se resuelvan del mejor modo posible, con el fin de preservar un legado maravilloso que hace de Lima una gran capital histórica americana.