Advertencia: “Nada… bueno, casi nada de lo que leerá a continuación es novedoso, revolucionario o particularmente brillante. Es más bien soso, lugar común, sencillo y hasta trillado. Aun así, les digo: dejen de leer, bajo su propio riesgo. De ello depende en buena medida el progreso futuro del país”.

Ahora sí, vayamos a los hechos. A nadie se le escapa que el siglo XXI viene siendo generoso con el Perú. A pesar de ciertos vaivenes de naturaleza temporal, la tendencia prevalente durante todo este tiempo ha sido sumamente generosa con nuestros términos de intercambio. Los mayores precios de nuestras exportaciones y los menores precios (en términos relativos) de los bienes y servicios que importamos han engrosado las cuentas fiscales e impulsado un cierto nivel de transformación de nuestra estructura productiva.

Durante la mayor parte de estas casi dos décadas, los mayores recursos fiscales, el retorno a la democracia -con sus debilidades y deficiencias- y, a pesar de todo el ruido político, un clima en general de “confianza en el modelo” han impulsado la inversión privada, el consumo y el gasto y la inversión pública dando como resultado altas tasas de crecimiento de la economía con notable estabilidad macroeconómica y una mejora sustantiva en los niveles de ingresos.

Desafortunadamente, esta relativa “abundancia” de recursos a su vez ha dado lugar a la gestación de proyectos de naturaleza faraónica, con costos divorciados de los potenciales beneficios, pensados rara vez con un claro y transformacional sentido productivo. Es decir, proyectos que una vez culminados -de ser culminados- al no haber tenido ni la debida planificación ni supervisión o auditoría ex post se convierten entonces en verdaderos “elefantes blancos”, como los elefantes albinos que los antiguos reyes tailandeses regalaban a sus enemigos con el fin de arruinarlos.

Imagínense lo que sería el Perú si en vez de “regalarle” a los señores de Kuntur Wasi el negocio de su vida (mínima inversión, mínimo riesgo, máxima rentabilidad en el tiempo), el Estado peruano invirtiera esos US$ 590 millones -que según el presidente Kuczynski nos hemos “ahorrado” gracias a la bendita adenda- los invirtiera, decía, ¡en la gestación del equivalente peruano del Massachussets Institute of Technology!

O, si en lugar de “gastar” US$ 5,400 millones en la refinería de Talara se “invirtiera” ese dinero en la construcción de la más moderna autopista digital de América Latina. O, si en vez de persistir con el sueño de opio que significa el Gasoducto Sur Peruano, tal y como está planteado, se invirtieran esos US$ 7,300 millones en el más masivo programa de capacitación y formación laboral de la historia del Perú, clasecitas de inglés incluidas? O en eliminar la pobreza infantil.

¿Se imaginan? El Perú se convertiría en un imán para las inversiones de las principales compañías del mundo y la productividad total de los factores -es decir, todo aquello que no sabemos bien qué es, pero que tiene un tremendo impacto en el crecimiento sostenido de la producción- crecería al ritmo de la China (el país, digo).

Para ello, habría que seguir la siguiente ruta de acción: reorientar la inversión pública de manera que esta tenga una orientación de carácter estratégico, con visión de futuro y basadas en las verdaderas necesidades del país y no en el “voluntarismo” de empresas que solo cuidan del interés privado, con proyectos conducidos con la máxima transparencia, desarrollados con los mejores estándares del mundo y ejecutados por las mejores empresas del mundo, maximizando el concurso del sector privado mediante esquemas APP (asociaciones público-privadas) de máxima predictibilidad (y gran intolerancia a las adendas), con máximo control preventivo de gastos y severas, aunque bien estructuradas auditorías ex post. De esta manera, evitaremos los “elefantes blancos” y, de paso, la ruina -como en el caso de los enemigos del rey tailandés-.