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Hace no mucho, la frustración generalizada de una población harta de la delincuencia llevó a que una persona con mucha imaginación pero con muy poco criterio lanzara una campaña en redes llamada “chapa tu choro”. Las consecuencias de dicha campaña fueron funestas.

En particular, por su capacidad para socavar las bases del edificio sobre el cual en teoría— se construye el sistema de justicia en el Perú: la Policía, la Fiscalía, el Poder Judicial. Un sistema fallido que —según los organizadores, promotores y simpatizantes de la malhadada campaña— justificaba plenamente el salvajismo y la arbitrariedad.

Pero las redes también han dado múltiples muestra de ser una tremenda fuerza para hacer el bien, ya sea mediante la toma de conciencia de temas como el racismo o el maltrato a la mujer, que por demasiado tiempo han pervivido en nuestra sociedad, apañados por el manto del silencio y la complicidad. O mediante la generación de una especie de “inteligencia colectiva”, una sabiduría de multitudes, como señala James Surowiecki en su libro “The Wisdom of Crowds”.

Esta “inteligencia colectiva” puede también adoptar una segunda acepción de la palabra “inteligencia”, aquella que se relaciona con la búsqueda de información para resolver un problema, encontrar a alguien o aclarar un delito. Aquí, hay cada vez más evidencia de que las redes sociales se están convirtiendo en una verdadera maquinaria que, bien aprovechada por la Policía, puede tener un tremendo impacto en la lucha contra la inseguridad ciudadana.

Para muestra, un botón, que me concierne directamente: la desaparición de mi mascota, Perseus, un Airedale Terrier de ocho meses en una suerte de “dognap”, es decir un secuestro canino. Bastó un post en mi Facebook, y los generosos tuits de algunos amigos famosos, para que de inmediato se activara esta especie de inteligencia colectiva que, en la práctica, significa miles de ojos en contra de la delincuencia. La ola expansiva de los retuits en Twitter y “compartir” de Facebook hizo que en cuestión de horas ya hubiera una foto de Perseus y de su secuestrador. Un día después, ya estaba Perseus de vuelta en casa.

La vuelta a casa de Perseus no fue, sin embargo, fácil ni inmediata. Requirió del trabajo policial, en particular, de la agudeza de un joven cadete de quinto año de la Policía Nacional del Perú, Walter Guzmán Castro, quien aprovechó inteligentemente las redes para acercarse a los captores de Perseus hasta lograr su entrega. Una muestra de que las redes no compiten sino complementan el trabajo policial cuando son usadas con inteligencia y sagacidad.

Contra lo que uno podría  pensar, este no es un caso común. Marca más bien un caso de excepción de algo que debería ser la práctica cotidiana: la comunicación entre la ciudadanía y su Policía en un esfuerzo conjunto de colaboración en la lucha contra la delincuencia. Para ello, no obstante, se requiere varias cosas: 1) un mejor entendimiento del poder de las redes no solo como medio para mejorar “la imagen” de la Policía, sino también como un excelente vehículo para la acción policial; 2) una verdadera modernización de la Policía en materia de personal y equipos; 3) una clara política de comunicación digital que convierta a la Policía en “dueña” de la conversación sobre seguridad ciudadana en redes; 4) una decidida voluntad de “interactuar” con los ciudadanos.

Sin embargo, mientras la Internet siga siendo un “artículo de lujo” en las comisarías del Perú, todo esfuerzo por acercar de manera moderna a la Policía con los ciudadanos con el fin de crear una verdadera “Policía de proximidad” no pasará de ser un simple saludo a la bandera. La lucha contra la inseguridad ciudadana es una tarea de todos: Policía y ciudadanía, entrelazados ambos por las maravillas comunicacionales de las redes sociales.