Aparentemente, el huaico Odebrecht acaba de arrasar con las perspectivas de una mejora significativa de la economía peruana en el muy corto plazo. El ministro Thorne ha anunciado — apesadumbrado— que este año el PBI seguirá estancado en el 3 por ciento, aunque—para darle al anuncio un cierto toque de optimismo— ha situado su cálculo en 3.8 por ciento, exactamente 1 punto porcentual menos del que figura en el Marco Macroeconómico Multianual (MMM). Ha añadido el Sr. Thorne que —ahora sí— el próximo año la economía crecerá a un ritmo del 5 por ciento.

El anuncio de la corrección de expectativas aparece “sorpresivo” y motivado por la paralización del Gasoducto Sur Peruano (GSP). Y pensar que hasta hace apenas unas semanas, el Sr. Thorne planteaba, muy confiado él, un par de reglas muy claras para poner en marcha: uno, un posible aumento de la remuneración mínima vital (RMV) —sujeto a que la economía crezca 4.8%—, y dos, la tantas veces anunciada reducción del IGV, del 18% al 17% —siempre y cuando la recaudación, neta de devoluciones, alcance 7.2% del PBI hacia junio. Aparentemente, todo iba muy bien hasta que sus proyecciones y buenos deseos se toparon “de repente” con el muro del GSP. Wait a minute! ¿De repente? Veamos.

Ciertamente, la expectativa de  crecimiento del MEF para el 2017 — plasmada en el MMM— estuvo siempre en el lado más optimista de las expectativas. EL BCR esperaba una tasa de crecimiento de 4.3%, y los analistas locales tasas de crecimiento por debajo del 4%, más o menos igual a la registrada en el 2016. Incluso, los miembros del Consejo Fiscal en su “carta de bienvenida” al ministro Thorne señalaron los riesgos detrás de una expectativa de crecimiento que no parecía tener bases muy sólidas. Solo los bancos de inversión extranjeros, que en su mayoría se guían por lo que dice el MEF, pronosticaban tasas de crecimiento cercanas al 5 por ciento, como el MEF.

Ahora, todos los analistas, los de  aquí y los de allá, se apuran a hacer correcciones a la baja en sus “proyecciones”, aunque —desde ya— la corrección más drástica pareciera ser la del propio MEF al atribuirle un peso de 1% del PBI a la paralización del GSP (esto es, un “costo” de casi 2 mil millones de dólares), cuando el resto de analistas considera que el impacto fluctúa entre 0.3% y 0.4% del PBI. Aun así, y aunque tardíamente, bienvenido sea este retorno del MEF al realismo, condición necesaria para obtener la tan ansiada “credibilidad” que separa las gestiones exitosas de las que se hunden en el fracaso.

Está claro que el reto principal de la  economía peruana consiste en reavivar la economía no minera (la minera se mueve según el vaivén de los precios de los metales y la viabilidad fi nanciera, económica, social y política de los proyectos de inversión). La llegada al poder del presidente Kuczynski fue de inmediato recompensada por un renacer de la confianza, tanto de empresarios como de consumidores, lo cual hacía pensar que el despertar de la inversión privada y el consumo estaban a la vuelta de la esquina. Sin embargo, tales expectativas se han ido desvaneciendo producto de las idas y venidas del ministro Thorne, las idas y venidas del presidente Kuczynski, el enfrentamiento político con un Congreso dominado por el fujimorismo y la crisis terminal de la corrupción auspiciada por Odebrecht y sus hermanas brasileñas. Así las cosas, resulta muy difícil que el consumo y la inversión privada crezcan a las tasas necesarias para impulsar el crecimiento del PBI por encima del 4 por ciento.

Sin dudas, el Perú necesita crecer a tasas altas y sostenibles con el fin de crear empleo y cerrar las brechas que nos separan del desarrollo. Pero ello no se logra con buenos deseos. Requiere, más bien, una alta dosis de realismo.