En las redes circula una entrevista al presidente Correa de Ecuador en la que —con cierta razón— se ufana de los significativamente menores estragos de El Niño costero sobre territorio ecuatoriano, en comparación con la catástrofe acaecida en el norte del Perú y en los alrededores de Lima. Nos dice el presidente Correa que los menores estragos de El Niño en su país se deben a la… ¡Tan Tan Tan Tan!… PLANIFICACIÓN. No lo dijo el presidente Correa, pero con seguridad quiso decir “planificación estratégica”.

Es decir, a la identificación temprana de circunstancias o eventos (riesgos) que por su regularidad son perfectamente evitables, como por ejemplo, el desborde anual de los ríos producto de las lluvias causadas por el fenómeno de El Niño. Y al diseño y puesta en marcha de las acciones necesarias para evitar o aminorar los efectos del riesgo previamente identificado. En el caso del posible desborde de los ríos, acciones tales como el reforzamiento de las riberas, el traslado de poblaciones ribereñas a zonas más seguras, planes actualizados de contingencia en caso “el evento” sea peor de lo esperado, incluidos protocolos de acción conocidos al revés y al derecho por todos aquellos encargados de ponerlos en marcha, etc. Es decir, identificación de los riesgos y diseño de un plan de acción. En esto consiste, el “planeamiento estratégico” moderno.

La recurrencia del fenómeno de El Niño, y la también recurrente tragedia que ello significa en términos de vidas perdidas o arruinadas, daños o destrucción de infraestructura, impacto negativo sobre la inversión y el consumo privado, sobre la producción para el mercado doméstico e internacional, sobre el turismo nacional y extranjero —esto es, sobre el Producto Bruto Interno (PBI)— nos dice a gritos que la planificación estratégica en el Perú no existe.

Estamos siempre apagando incendios, emocionándonos por “la generosidad del pueblo peruano”, lamentando “la furia de la naturaleza”. Mientras tanto, cada punto del PBI que no crecemos como consecuencia del desastre, significan unos 2 mil millones de dólares que —literalmente— se los lleva el río en lugar de servir para cerrar las brechas que nos separan del desarrollo y el buen vivir.

Ciertamente, la gran ola de solidaridad nacional ante la desgracia, los esfuerzos y el entusiasmo contagiantes de miles de voluntarios, y hasta la entrega emocionada de miles de funcionarios y trabajadores públicos —incluyendo al presidente y sus ministros— es loable desde todo punto de vista, pero constituye un tremendo gasto de energía y de reserva emocional que podríamos ahorrarnos con un poco de anticipación estratégica y mejores estándares y sistemas de control de calidad de la inversión pública para evitar que los puentes y el resto de tan costosa infraestructura se caigan —¡oh, perdón!, se desplomen— como si fueran castillos de naipes.

La magnitud de la tragedia nos presenta una oportunidad: no para reconstruir lo tan malamente construido, sino para comenzar a construir ciudades inteligentes, seguras, con servicios básicos de infraestructura —los sistemas de drenaje hace décadas que dejaron de ser un lujo— localizadas donde hay agua y donde es posible la habilitación urbana masiva para construir sobre ellos viviendas dignas y resistentes a los embates de la naturaleza, sean estos lluvias torrenciales o graves movimientos sísmicos.

El gobierno del presidente Kuczynski está considerando nombrar “un zar de la reconstrucción”, pero con zar o sin zar lo importante es que el proceso de recuperación de las zonas afectadas y en particular del norte del país, sea llevado a cabo con visión estratégica, con visión de futuro, con claro sentido de ordenamiento territorial, consciente de los riesgos implícitos y explícitos del cambio climático y de las dinámicas de crecimiento de la población, los ingresos y los estilos de producción. De esta manera, estaremos listos la próxima vez que llegue El Niño, como inevitablemente lo hará, sin que tengamos otra vez que lamentarnos, indefensos, por los embates constantes de la naturaleza.