Decir que la izquierda nacional, principalmente la representada por el Frente Amplio, es incoherente cuando habla de Venezuela, es un tanto injusto. Lo sería, sin duda, si el tratamiento que le dieron al país llanero luego de la última crisis hubiera sido distinto al que le vienen dando desde hace varios años, sin embargo, ese no es el caso. Desde que en Venezuela se convirtió en una dictadura –desde las épocas de Hugo Chávez–, la izquierda nacional se ha referido a la situación empleando subterfugios eufemísticos, ha preferido atacar a la oposición o simplemente ha reclamado que hay que tratar los problemas nacionales y no extranjeros.

Nada distinto ha sucedido en la última semana en lo que respecta al comportamiento de la izquierda nacional, y es que siguen firmes en su costumbre de medir hechos similares con varas distintas. A pesar de lo parecida que fue la actitud de Nicolás Maduro a la de Alberto Fujimori en 1992, insisten en tratar de forma más edulcorada lo que ha hecho el tiránico régimen venezolano (que viene atropellando las libertades de sus compatriotas desde hace más de 17 años) y, claro, dicha costumbre se entiende al tratarse de un régimen ideológicamente cercano a lo que ellos pregonan.

Así, por ejemplo, Verónika Mendoza prefiere llamar ruptura “del equilibrio democrático”, a lo que ella llamaría dictadura en el caso de Alberto Fujimori, Maria Elena Foronda prefiere culpar a la Asamblea Nacional por supuestamente “violentar las decisiones del ejecutivo” y el Frente Amplio como bancada se abstiene de condenar lo sucedido desde el Congreso. Claro, también está el caso de Marco Arana que, finalmente, llamó dictadura a lo que sucede en Venezuela, empero, conociendo los roces que ha tenido al interior de su agrupación, lo suyo más parece un afán de latosa disidencia que un golpe de repentina lucidez.

Esta actitud ha cobrado especial relevancia con el aniversario de los 25 años del autogolpe perpetrado por Alberto Fujimori. Y es así porque muchos de los izquierdistas que fácilmente pasan por agua fría los atropellos de Maduro han aprovechado la oportunidad para condenar lo que sucedió en nuestro país. Esto le da mayor asidero a la tesis de que cierto sector de la política nacional opera más por simpatías ideológicas que por firmes principios democráticos.

Pero lo que queda claro es que el discurso zurdo se ha mantenido igual a lo largo de los años con respecto a las dictaduras caribeñas, disculpando al gobierno venezolano, y también al cubano, de pecados de los que no absolvería a un régimen que opera en otro lado del espectro político. El problema es que, si bien son coherentes en ese sentido, no lo son cuando se trata de confrontar ese comportamiento con lo que ellos aseguran defender en términos de principios (democracia, libertad, respeto a las instituciones, etc.), una incoherencia serial, si se quiere, o un claro ejemplo de ser coherentemente incoherentes.