Históricamente, Estados Unidos siempre se ha auto adjudicado el  derecho a llamarse un Estado “Defensor de los Derechos Humanos” a pesar de que muchas de sus acciones para “defenderlos” han tenido trasfondos políticos, como el caso de Afganistán, económicos, como el caso de Iraq, o sencillamente han sido un desastre, como el caso de Vietnam. Es así que esta semana hemos sido testigos una vez más de lo que el gobierno americano ha llamado una “defensa de la sociedad civil siria”; y, aunque muchos quieran creer en las buenas intenciones del país norteamericano, es válido preguntarnos: ¿Hasta qué punto la motivación del accionar americano en Siria es un acto de defensa de los Derechos Humanos? Aunque por motivos de extensión del artículo, dejaré de lado los claros intereses geopolíticos americanos en Siria, es el objetivo de este artículo explicar el trasfondo político que podría haber tenido la intervención estadounidense.

Existe, desde la época del Imperio Romano, una estrategia de gobierno y seguridad llamada la “Teoría del Enemigo Externo”, que se basa en la idea de que cuando existe una división muy marcada en la población o alguna crisis interna, se debe buscar un enemigo externo que funcione como distractor ante la situación interna del estado y como unificador de las partes que se encontraban separadas. En la historia, existen muchos ejemplos de aplicación de esta teoría, siendo un ejemplo claro el 9/11. Acorde con las cifras presentadas por el instituto de recopilación y análisis de data, FiveThirtyEight, para el 22 de Agosto del 2001, George Bush llegaba a uno de los puntos más bajos de aprobación de su primer año de gobierno (51.2%). Tan solo 30 días después y tras declararle la guerra al Terrorismo en uno de los discursos más emotivos de la historia norteamericana en respuesta al atentado, su aprobación subió a un increíble 88.1%. Si leemos este hecho teniendo conocimiento sobre la teoría anteriormente mencionada, podremos notar que, al encontrar en el terrorismo internacional (que hasta antes del 9/11 no había sido un tópico central para la prensa occidental) un adversario foráneo, la población dejó de discutir acerca de los problemas internos y las riñas que tenía Bush en ese momento con el Congreso para centrar su atención en este nuevo oponente demostrándole respaldo a su líder del momento.

Si traemos el ejemplo de George W. Bush a la actualidad, Donald Trump se encuentra en una crisis política mucho más profunda que la vivida por Bush en su primer año. La aprobación del oriundo de Nueva York ha llegado a un punto tan bajo que, en los últimos 50 años de historia americana, no se ha visto un presidente con una aprobación tan paupérrima en sus primeros 100 días. Incluso, el punto más bajo que ha tenido Trump en estos 3 meses (36%, según IBD) es menor al punto más bajo que tuvo Obama sus 8 años de gobierno (40.5%, según FiveThirtyEight). En una situación así de desesperada, no es de sorprender que al actual presidente de los Estados Unidos se le ocurra una medida tan extrema como la tomada por Bush en el 2001. Para ser más precisos, el ataque aéreo en Siria, podría ser una prueba de que ya la está aplicando. Acorde con las cifras del NY Times, el día 3 de Abril, Trump llegaba a uno de los peores puntos, desde que empezó su gobierno, en términos de aprobación (38%). Sin embargo, para las encuestas realizadas por la misma fuente al día 7 de abril, la aprobación del presidente norteamericano había subido en un 6% en tan solo en 4 días llegando a un 44%. “Curiosamente” tan solo 1 día antes de la publicación de la encuesta, el día 6 de Abril, Donald Trump, en su calidad de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Americanas, decidió atacar Siria en represalias por el uso de armas químicas en la población civil, sin permiso del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, ni de su propio Congreso.

Como siempre he mencionado en este espacio, en política no existen las coincidencias y, aunque por ahora solo podemos especular con respecto a las verdaderas motivaciones del accionar de Donald Trump, sí hay algo que podemos asegurar y es el hecho que, los movimientos estratégicos que viene realizando tanto como Estado independiente como en calidad de miembro (y líder) de la OTAN, podrían resultar perjudiciales, no solo para la Comunidad Internacional, sino para sus propios intereses. Donald Trump está realizando la apuesta más importante de su vida y está tomando un riesgo que, ni con todo el dinero que posee podrá cubrir.