Javier Ponce Gambirazio

Psicólogo clínico, escritor y cineasta. Con siete libros publicados y varios documentales, ha sido catedrático de la Facultad de Psicología y de las maestrías de Medicina y Educación de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

¿Cómo reaccionarías si te dijera que recibirás un premio y un castigo cada vez que intentes algo? El premio será tan atractivo como terrible, el castigo. No los podrás separar. Un estímulo que te cautiva y repele a la vez. Como todos sabemos, los premios buscan perpetuar un comportamiento y los castigos, eliminarlo. Pero si recibes ambos, el mensaje se contamina y la intención se distorsiona. La conducta no desaparece ni se refuerza. Complicado, ¿no?

El cerebro es una maquinaria que economiza sus respuestas a partir de experiencias previas. Hace una rápida evaluación y activa una batería química que dispone el ataque o la huida, cuando estamos frente a un peligro; o el acercamiento, cuando estamos frente a un evento que consideramos positivo.

Ante el enemigo, segregamos una serie de neurotransmisores que elevan el flujo sanguíneo, tensan los músculos y centran la percepción en lo negativo para poder lidiar con la dificultad. Para optimizar los recursos, se desactiva el sistema inmunológico (por eso nos enfermamos con facilidad), se apaga el aparato digestivo (por eso se nos suelta el estómago) y desaparece la libido (por eso no podemos disfrutar de una violación). En ese trance, el miedo se vuelve el protagonista. El resto puede esperar. En cambio, cuando nos enamoramos, el cuerpo dispara un paquete químico que dilata las pupilas, eleva el sistema inmune y vuelve difusa la atención hacia todo lo que no sea el ser amado.

Ante situaciones contrarias se activan estrategias incompatibles entre sí. La conducta del enamoramiento resulta incompatible con el escenario peligroso, porque esa ceguera optimista nos vuelve incapaces de reaccionar ante cualquier imprevisto. Y la estrategia del peligro es incompatible con el amor, porque acabaremos destruyendo a la posible pareja.

Te propongo un experimento muy sencillo. Elige una escalera que te guste. Coge una cámara y graba. A una de tus piernas ordénale que suba y a la otra, que baje. Luego comparte el video. Te apuesto que se vuelve viral. El resultado será sumamente didáctico. Es una buena metáfora de lo que ocurre cuando activas al mismo tiempo redes neurales divergentes: te desbarrancas. En buen castellano, te sacas la mierda.

¿Te imaginas vivir recibiendo órdenes contrarias? Pues algo así es amar a un hombre cuando eres hombre. Nos educaron diciéndonos que era inaceptable y crecimos asociando el amor al peligro. Lo bueno resultó malo. Y aunque era obligatorio amar, nos amenazaban con el infierno si lo hacíamos. Premio y castigo. Placer y dolor. Sistemas que se anulan. Mandatos opuestos. ¿Abrazar o salir corriendo? ¿El amigo es tu enemigo? Una paradoja que no se resuelve nunca. Y como no se puede subir y bajar al mismo tiempo, terminamos rodándonos las escaleras.

Es agotador. Como si en plena fiesta se activara la alarma de tsunami, pero la orquesta no se detuviera. Las dos sonando con la misma intensidad. Desconcertados, algunos optarán por correr, otros levantarán sus copas con la risa a medias, pero nadie podrá abandonarse a la celebración mientras exista el peligro de ser arrastrados por las olas. Es fácil entenderlo, pero muy difícil desaprender la perversa disonancia a la que fuimos sometidos.

El ser humano es el único animal que conserva encendido su sistema de estrés cuando la amenaza ya pasó. Los animales recuperan su tranquilidad cuando el depredador ha desaparecido, pero nosotros sentimos miedo ante el peligro ausente. Y aunque resulte imposible desandar esa huella ambivalente, seguiremos intentando amar sin miedo. Para los que vengan después, borremos de todo discurso la negatividad asociada al amor. El afecto debe vivirse sin censuras ni condenas. Sino no es amor.

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