Gonzalo Ramírez de la Torre

Director General de Lucidez. Periodista . Autor del libro “Crónica Amazónica”
gonzalo.ramirez@lucidez.pe

La izquierda, para ser una corriente política, ha demostrado tener mucho de religión. No tanto por la pasión que suelen manifestar quienes profesan sus principios o por la ciega valoración mesiánica que sus fieles le dan a ciertos personajes (como a Ernesto ‘El Che’ Guevara, Fidel Castro, Lenin, Castro, Mao, etc.), sino, más bien, por cómo a lo largo de los años, más que por una ponderación de la realidad mundial, se han dejado dominar por vaticinios etéreos de lo que, según ellos, sucederá de forma inevitable.

Así, mientras los seguidores de algunas religiones se mantienen a la espera de la llegada del apocalipsis o ansiosos por ver el retorno de un profeta iluminado, los izquierdistas aguardan, desde sus momentos más prototípicos, el anunciado ocaso de la llamada opresión capitalista y del libre mercado. Sin embargo, a pesar de que la historia les hizo creer en muchas ocasiones que el momento había llegado, en la forma de alguna revolución o de la mano de algún líder carismático, este nunca llegó. Y, de hecho, Los países cuyos regímenes se suscribieron a las fabulaciones de la izquierda, se marchitaron en pobreza, miseria e injusticia mientras esperaban las maravillas que los profetas habían anunciado. A la par, los regímenes que optaron por el camino que los izquierdistas despreciaban, supieron darles mayor prosperidad a sus ciudadanos.

La historia, sin embargo, ha hecho poco por mellar la fe izquierdista por el futuro que profesan. Tanto es así que, tenazmente, se empeñan en atribuirle la culpa de muchos de los males mundiales a sus rivales acostumbrados (al libre mercado, al capitalismo, a los empresarios, etc.). Un claro ejemplo de esto se está dando en nuestro país con el caso Odebrecht, el escándalo de corrupción cuyas raíces podrían extenderse hasta las esferas más altas del poder latinoamericano. Para los izquierdistas, esta es una consecuencia del libre mercado y como resultado de esto debería ponerse fin al modelo económico vigente.

En un pronunciamiento publicado el 6 de enero por el movimiento Nuevo Perú sobre el caso Odebrecht, firmado por algunos miembros de la bancada del Frente Amplio (como Manuel Dammert, Indira Huilca y Marisa Glave), dicen que este “evidencia la fragilidad de un modelo político/ económico basado en el libre mercado, libertades de comercio e inversión privada”. En palabras simples, para ellos el sistema propugnado por la derecha es culpable de todo lo que está sucediendo y la clara consecuencia de esto será el fin de dicho sistema.

Pero pareciera que la devoción a sus viejas prédicas los hace no darse cuenta de la realidad que se manifiesta en sus narices. La izquierda latinoamericana ha estado todo menos exenta de culpa por la corrupción vivida en los últimos años. Está, por ejemplo, el chavismo en Venezuela, donde los que lideran el régimen, supuestos baluartes del Socialismo del Siglo XXI,  se llenan los bolsillos y viven en mansiones mientras la ciudadanía lucha por sobrevivir entre la escasez y la violencia, a menos, claro, que tenga algún tipo de cercanía con el gobierno.

Y está, por supuesto, el caso de Brasil, el país donde se inició todo el affaire de Odebrecht. Por mucho tiempo Lula Da Silva fue un emblema de la nueva izquierda, tanto así que muchos en la región querían seguir sus pasos, como Ollanta Humala. Lo cierto, sin embargo, es que el ahora ex presidente de Brasil estuvo involucrado, junto con su sucesora, Dilma Rousseff, en toda una maraña de corrupción que hoy incluso nos está tocando la puerta. La corrupción de Odebrecht no se dio a pesar del gobierno izquierdista que sucedía en Brasil sino que floreció empoderada por este y sus funcionarios de más alto nivel.

Claro, sería mezquino que la derecha desde su acera lance un argumento parecido al de sus opositores y diga que todo es culpa de la izquierda, ese evidentemente no es el caso.  La corrupción en América Latina ha resultado ser la única característica que nos une, por encima de la bandera política que se ondee, la raza que se ostente o el idioma que se hable.

Así, el caso Odebrecht, para tristeza de los más fieles izquierdistas, dista de ser un problema del modelo económico, no solo porque los verdaderos daños infligidos a la sociedad llegan producto de la corrupción que se da dentro del gran poder estatal y su vorágine burocrática, sino porque muchos de los funcionarios comprobadamente corruptos en América Latina no han sido defensores de la doctrina liberal o de derecha, sino de todo lo contrario. En consecuencia, es poco probable que esto signifique el fin del sistema que tanto odian.

Así las cosas, si en verdad pretenden colaborar con la lucha contra la corrupción, la izquierda tendrá que librarse de sus formulaciones fantásticas y profecías de muerte y concentrarse en la realidad, esa que deja claro que la corrupción está en todas partes.

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