Javier Ponce Gambirazio
Psicólogo clínico, escritor y cineasta. Con siete libros publicados y varios documentales, ha sido catedrático de la Facultad de Psicología y de las maestrías de Medicina y Educación de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

En un local escucho una conversación ajena. Tres tristes tipos. Uno de ellos dice que ahora ‘hace fierros’ en el parque, porque le han contado que su gimnasio está lleno de gays. “Imagínate si me encuentro a uno en el camerín. Me sentiría como una chica en el vestuario de hombres. Todos al acecho”.

Sus amigos se ríen y hacen bromas de lo fea que quedaría como chica, pero que igual le meterían mano. Luego parecen darse cuenta de lo dicho y lanzan una serie de comentarios homofóbicos y de cómo habría que desaparecer a todos los ‘maricones’ del planeta. No son muy creativos, hay que decirlo. La conversación se torna cada vez más oscura y parece que en cualquier momento sacarán un bate de beisbol y le reventarán el cráneo al primer homosexual que se les cruce. Yo parezco el objetivo más cercano.

Lo que llama la atención no es el odio a los homosexuales, sino la súbita identificación de uno de ellos con la parte femenina. Como estos personajes saben que no suelen respetar la negativa de una mujer, temen no ser respetados cuando, al ser deseados por otro hombre, se vean trasladados a la posición de presa indefensa. La imagen del supuesto atacante gay los confronta con su propia bestialidad depredadora, y se hunden en el pavor de convertirse en víctimas de ese mismo comportamiento. Quiero darles un poco de tranquilidad. No porque me den pena, sino porque esta imbecilidad puede ser muy peligrosa.

Señores homofóbicos, aterrados por las fantasías del jabón en las duchas y las violaciones carcelarias. Lo primero que aprendemos en la vida, después de darnos cuenta de que somos gays, es que los demás NO lo son. Rápidamente entendemos que es una insensatez pensar en todos como posibles parejas. Sentir atracción por un heterosexual es como sentirla por una mesa. Una frustrante pérdida de tiempo. No tiene ningún sentido. Y para que recuperen el pulso, les cuento que hoy existen aplicaciones para encontrar semejantes y ya no hay ninguna necesidad de hacer contacto visual con nadie, ni de desarrollar el ‘gaydar’, una especie de sexto sentido para identificar quién es y quién no. Pueden levantar pesas con toda tranquilidad.

Los imagino respirando por unos segundos, pero de pronto aparece el siguiente pánico. Cuando el gay deja de ser afeminado y coge músculo, estos tipos se sienten despojados de esa armadura que perciben como exclusiva. Están desnudos. Al músculo se le ha arrebatado su significado atávico de masculinidad, como si el enemigo vistiera el propio uniforme, y ya no pudieran distinguirse de qué lado están. De servir para probar que soy hombre, el músculo muta a servir para atraer a otro hombre. Una especie de travestismo que socava la significación de una apariencia y la desvirtúa por completo, hasta convertirla en su contrario. A tal punto que tener mucho músculo puede resultar sospechoso.

Ante una situación que percibimos como peligrosa, solemos atacar o huir. Luego evaluamos si realmente era una amenaza y la respuesta fue adecuada. Tengan la amabilidad de pensarlo antes. No representamos tal peligro. Al contrario. Cuando pierdan el miedo a ser acosados o confundidos con un gay, encontrarán que somos fantásticos consejeros porque manejamos información privilegiada que las mujeres nos confían, porque no suponemos ningún peligro para ellas. Al final terminamos siendo un nexo entre ambos mundos donde los miedos y los malentendidos son grandes obstáculos para la comunicación. Por eso éramos considerados seres divinos en el mundo prehispánico. Hasta que llegó el catolicismo.

FOTO: LEE TORRES CALDERÓN