Javier Ponce Gambirazio

Psicólogo clínico, escritor y cineasta. Con siete libros publicados y varios documentales, ha sido catedrático de la Facultad de Psicología y de las maestrías de Medicina y Educación de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

EL QUERELLE quedaba al final de la avenida Larco. El nombre significa pelea en francés y era un homenaje a la icónica película Querelle dirigida por Fassbinder y basada en la novela Querelle de Brest de Jean Genet. Fue el primer local gay al que entré en mi vida. Lo hice acompañado de mis amigos Irma y Pepe. Por fuera nada anunciaba su existencia. Atendían a puerta cerrada para protegerse de los intrusos. Había que tocar el timbre y, si te dejaban entrar, atravesabas una antesala protegida con una cortina negra. Detrás estaba el bar, un sitio pequeño con las paredes pintadas de negro y algunos espejos que pretendían duplicar el espacio, sin éxito porque vivían empañados. Al lado izquierdo tenía una barra donde Kike Bossio, uno de los fundadores del Mohl, regalaba la revista Conducta Im-propia y servía la especialidad de la casa, el Tumbalocas. Por una escalerita desvencijada se subía a un altillo donde no entraban más de cinco personas, el lugar perfecto para estrenar los besos con un desconocido.

Era un timbre de colegio. De esos que anuncian que el suplicio empezará de nuevo. Para quienes hemos sido maltratados durante el recreo, el sonido aquel generaba la secreción de la química del peligro. Al igual que con el perro de Pavlov, las huellas del Condicionamiento Clásico son muy difíciles de borrar. Por eso cada vez que sonaba esa campana, que era lo suficientemente fuerte como para escucharse por encima de la música, todos volteaban hacia la puerta con miedo, pero también con la esperanza de ver carne nueva. En los submundos todos se conocen y los recién llegados tienen un atractivo (que rápidamente caduca). Pronto aparece alguien más joven, más bonito, más alto o más lo que sea que tú. Sin darte cuenta, un día perteneces al lugar y ya nadie te mira. Cuando sentíamos la señal, la expectación crecía, pero el temor nunca llegó a borrarse porque a veces aparecía la policía y la relación timbre-miedo se renovaba.

El entusiasmo inicial y la necesidad de ser acogido hicieron que, en ese sitio oscuro y húmedo, sintiera por primera vez la pertenencia. Esa sensación se desvanecería con el tiempo y las decepciones. Pero durante unos años significó un cobijo de semejantes, un espacio donde no había que dar explicaciones porque todos luchábamos contra los mismos enemigos, la estupidez, la ignorancia y la maldad.

Los dueños del Querelle fueron Beto Montalva y Pipo Ormeño, grandes actores y fundadores del Teatro del Sol, sin lugar a dudas el mejor grupo de teatro experimental del Perú. Si algo hemos avanzado, es en gran medida gracias a ellos. Entre sus montajes más recordados están El beso de la mujer araña de Manuel Puig, en el teatro La Cabaña, y El Homosexual o su dificultad para expresarse de Copi, en el Cocolido. Tuve la suerte de ver ambas piezas y conservo la grabación de la segunda como una joya de mi videoteca. La obra de Copi fue remontada años después bajo la dirección de Guillermo Castrillón que la convirtió en unipersonal con Samuel Dávalos haciendo todos los personajes en un alarde de talento.

El Querelle fue el segundo bar que vi morir. Los queridos Pipo Ormeño y Beto Montalva se fueron de esta vida antes de que la ciencia pudiera salvar sus prodigiosos cerebros. Los nuevos dueños intentaron remodelarlo. Pintaron las paredes de rosado, hicieron un altillo más grande, pusieron luz por todas partes y le cambiaron el nombre a Cabaret. Un fracaso total.

Foto: LUCIANO COCCHELLA