partidos políticos
José Mario Azalde
Abogado. Columnista colaborador en Lucidez.pe.

Aunque para algunos la diada izquierda-derecha es obsoleta, considero que aún puede ser utilizada para explicar fenómenos políticos que se suscitan en una coyuntura determinada. Fue Bobbio quien replanteando el debate sobre la viabilidad postideológica de la dicotomía izquierda-derecha, estableció que aún es posible identificar a la izquierda como una sector que apuesta por determinadas transformaciones sociales y apoya valores como la igualdad (que debe ser real, por encima de la igualdad legal o formal) y a la derecha como un grupo cauteloso en la posiblidad de reformas, por tanto conservador en cuanto a la preservación del statu quo, que defendería el valor libertad por encima de otros, aceptando a diferencia de los izquierdistas, la posibilidad de una desigualdad natural. Pero lo cierto es que detrás del debate existen visiones antropológicas encontradas, es decir, visiones sobre la naturaleza del hombre divergentes. Por un lado, la izquierda defendería la posibilidad de retornar a la verdadera naturaleza del hombre, esa bondad natural primigenia alienada por la sociedad y el estado, conduciendo a los movimientos de masas mediante procesos revolucionarios a su emancipación o liberación y apareciendo en una idílica sociedad futura el hombre nuevo socialista. Así, subyace en esta posición un optimismo antropológico que lleva considerar que el hombre mediante la razón, la ideología y una suerte de voluntarismo puede construir una utópica sociedad de justos y de iguales. Una sociedad, por cierto, que nunca existió realmente en la historia del hombre, y que solo apareció a lo largo de la historia en la cavilación de pensadores como un Fourier, un Saint Simon o un Marx.

La derecha, más bien, concibe al hombre como un ser problemático, con una naturaleza mala o dañada, con una mácula o pecado original que lo marca en su desarrollo histórico e impide su desarrollo pleno. Así, el hombre no podrá liberarse de esta condición de su naturaleza y tendrá a lo sumo que buscar formas de sobrevivir en esta vida caótica y peligrosa. No es extraño que dentro del amplio espectro de la derecha aparezcan posiciones religiosas que renunciando a la liberación en la vida temporal apuestan por la salvación en una vida eterna después de la muerte física. La consecuencia política de esta visión antropológica es que al hombre es necesario controlarlo para que no se autodestruya o afecte la vida de los otros. Así, aparecen diversas formas de limitar la libertad de este ser complicado e inestable: algunos sostendrán que el hombre lucha internamente y que al final triunfará (o ya triunfó) el bien, otros, más escépticos, establecerán instrumentos que pongan orden a la anarquía generada por el hombre en su vida en sociedad. Por ejemplo, tenemos el caso de Hobbes, quien propuso la creación del estado para controlar el desorden y la eventual muerte violenta en la lucha de unos contra otros. También podemos mencionar al liberalismo político clásico, ideología política que reivindica al derecho como medio que permite limitar los excesos de la libertad del hombre (Locke) y también los excesos de poder de la autoridad política (el contractualismo político tiene su origen en esta idea)

Pero, luego de esta farragosa explicación teórica, regresemos al Perú, ¿podemos hablar de una izquierda y una derecha política peruana? Considero que sí es posible, pero es necesario atenernos a las peculiares características de la vida política peruana y algunas situaciones exógenas. Por ejemplo, la izquierda históricamente ha sido asociada al marxismo. El marxismo ejerció una gran influencia en sector populares organizados como los sindicatos y los partidos políticos socialdemócratas y comunistas. El marxismo también fue la ideología que marcó el derrotero programático de movimientos revolucionarios que buscaban el cambio social mediante el terror y la destrucción del orden social imperante. Esta izquierda puede ser denominada como antisistema, en tanto representa una forma de hacer política (o de tomar el poder) sin ningún tipo de lealtad democrática. En este punto algunos se preguntarán, ¿es el extremismo una cualidad inherente a la izquierda? La respuesta es no. También existe una izquierda que apuesta por las reformas sociales en democracia, mediante la persuasión de los electores y el ejercicio del voto. Y también existe una extrema derecha, que en nuestro contexto esta encarnada en dos posturas politicas: un neoliberalismo fanático, que como los erizos de la fábula de Arquíloco explicados por Isaiah Berlin, tienen una sola y gran idea, la cual consiste en la conversión de todas las relaciones humanas a la dialéctica del mercado. Es decir, el mercado crea un orden espontáneo que permitiría lograr unas relaciones sociales y económicas armónicas y racionales. Hasta este punto todo parece razonable, efectivamente el mercado ha demostrado ser el mejor medio para generar riqueza, superior sin dudas a los modelos de planificación estatal. El problema radica en que el despliegue de las fuerzas del mercado trae como efecto la producción de ganadores y perdedores, ¿y qué hace un perdedor en una sociedad de libre mercado? Sostienen los liberales que el apoyo que deben recibir los perdedores sería generado por la sociedad civil, es decir, esta autoayuda social sería generada por una sociedad civil empoderada y con capacidad para realizar esta gestión ¿Ocurre esto en Perú? Resulta evidente que la sociedad civil peruana se encuentra regida esencialmente por las relaciones económicas privadas y sin ningún sentido de la asistencia o el apoyo social (con excepciones que se pueden encontrar en empresas que ejecutan políticas de responsabilidad social pero con una finalidad comercial, no asistencial, en tanto su apoyo social tiene como objetivo mejorar la imagen de la empresa en la sociedad y sus stakeholders). Así, ante la inexistencia de una sociedad civil grande, organizada y generadora de bienestar social, es importante que el estado apoye directa e indirectamente en la generación de servicios públicos mínimos que permitan la supervivencia a aquellos que pierden en una economía de libre mercado. Pero, en muchas ocasiones, el fanatismo liberal llega a extremos de considerar que todo el estado debería desaparecer y ser reemplazado por asociaciones privadas, como sostenía Nozick en su libro (referencia ineludible de los neoliberales radicales) Anarquía, estado y utopía.

Dentro de la extrema derecha también encontramos movimientos que surgen por imperativos éticos pero que poseen una fundamental y (veremos a continuación) decisiva raíz religiosa. Es lo que podemos denominar “teopolítica”. Esta clasificación no incluye, claramente, a aquellos poseedores de una fe o convicción religiosa que deciden participar en la vida política sometiéndose a las reglas de la democracia, integrando partidos políticos, creando corrientes de opinión desde los medios de comunicación e incluso mediante la generación de conocimiento a través de la academia. Estas personas, al aceptar someterse a las reglas de la democracia, están dispuestas incluso a aceptar medidas que irían, eventualmente, en contra de sus convicciones, ejerciendo una posición pública crítica o en casos excepcionales mediante la objeción de conciencia o algunas formas permitidas por la ley de desobeciencia civil. Nos referimos, cuando hablamos de teopolítica, a aquellos grupos que poseen una filiación religiosa y que tienen como fin imponer autoritariamente sus convicciones, sin respetar la libertad, la diversidad y el pluralismo como valores esenciales para la vida en sociedad. Buscan generar una plataforma política en base al miedo y a los prejuicios, dos tendencias que han acompañado a la sociedad peruana a lo largo de su historia y que son aprovechados para obtener réditos políticos. La principal actividad pública de estos grupos no es la docencia cívica, sino el adoctrinamiento, la separación entre ellos (los que no piensan como uno, el enemigo) y nosotros. Para esta corriente maximalista, la ética y la religión se encuentran por encima de la política entendida como libre diálogo democrático, posibilidad de acuerdos con aquellos que piensen diferente, y respeto a la diferencia. El pluralismo, base de la convivencia social y de la democracia, es vista por estos enemigos de la libertad como una perversión social que se debe erradicar.

Quisiera retomar la idea que nos hemos planteado inicialmente. En el Perú si es posible hablar de una izquierda y una derecha. Es más, el criterio es útil para entender la política actual. Así, podemos afirmar que tenemos una derecha y una izquierda que, gracias a su disposición al diálogo, a la concertación y al compromiso permiten que la democracia se sostenga en el tiempo y no recaigamos en el autoritarismo. Aunque imperfecta, la clase política ha demostrado, sobre todo a partir la asunción del nuevo presidente Vizcarra, que posee cierta madurez política y que por encima de las pugnas hay valiosos intereses nacionales que son necesarios resguardar.

En cambio, en este contexto, la izquierda antisistema utiliza la renuncia del expresidente Kuczynski como caballo de Troya para cuestionar el orden político y económico. Sostienen que la renuncia presidencial se debe a un escándalo de corrupción que fue gestado debido a la inmoralidad del modelo económico. Es decir, el liberalismo económico tiene una naturaleza esencialmente corruptora, tanto el modelo como sus sostenedores son corruptos y sus políticas generan corrupción. Por lo tanto, siguiendo su razonamiento, se debe cambiar la constitución, elaborar un nuevo capítulo económico que establezca condiciones de desarrollo económico más justas y reconfigurar las relaciones sociales y de poder en el Perú.

Por otro lado, la extrema derecha también pretende sacar provecho de este escenario. Siguiendo su política de cooptación del estado, tratarán de introducir a su vanguardia tecnocrática a los organismos del estado que velan por el manejo de las finanzas públicas y el desarrollo productivo. Todo aquello con el objetivo de no realizar cambios en la estructura del estado, para no poder en cuestionamiento el consenso liberal que (bajo el manido discurso de la derecha que empieza a agotarse) sacó al Perú del atraso, convirtiendo al país en una nación cada día más desarrollada

Ambos extremos parten su razonamiento de una falacia.  La falacia de la extrema izquierda es que el modelo económico, a quien le atribuyen facultades mágicas cual Lord Voldemort de la saga de Harry Potter, genera corrupción. Es decir, un ente abstracto como “el modelo liberal” es el causante de la corrupción y la concomitante zozobra en la cual se debate el país. La extrema izquierda está acostumbrada a atribuir mágicamente cualidades a entes inanimados o a estructuras. Tal vez el comunismo es el mejor ejemplo, ya que la sola referencia al comunismo o al estado comunista traía consigo la idea de una panacea. Ya es momento que se den cuenta que lo que mueve al mundo no son fantasmas como sostenía Marx en su Manifiesto Comunista o estructuras como lo fue el partido o el proletariado. No son las ideas ni las estructuras, son las personas las que mueven el mundo, generan cambios, pero, lamentablemente, también son susceptibles de corromperse. En cuanto la extrema izquierda siga intentando sacar beneficios de situaciones que sólo traen caos e inestabilidad mediante la invención de enemigos abstractos, en lugar de elaborar propuestas concretas que beneficien a los peruanos reales y no imaginarios, constituirá uno de los enemigos más claros de la democracia y del país. En tal sentido es obligación de las fuerzas democráticas responder políticamente a las provocaciones de este grupo minoritario que, irrogándose una falsa superioridad moral, pretenden representar los intereses de las grandes mayorías.

Asimismo, la falacia de la extrema derecha es que el cambio de presidente constituiría un mero cambio de administrador del estado, finalmente las líneas maestras de la economía seguirán siendo las mismas.  La ineptitud política de la derecha (“no necesitamos políticos, necesitamos gerentes”), su fetichismo por la economía, su despreocupación por esos aspectos del estado que deberían funcionar bien porque son parte esencial de la preocupación del peruano promedio (principalmente salud, educación y seguridad), la imposibilidad de generar un nuevo discurso que legitime su posición como alternativa política que produzca cambios y no se oriente al inmovilismo; provocan que la población rechace progresivamente la propuesta política de la derecha, volviéndose un sector importante por el lugar que ocupa en la sociedad, pero políticamente estéril. El prejuicio antipolítico tiene una impronta neoliberal: todo intento de intervención de la política es visto como un deseo de planificar la vida social, una forma de quitar libertad a las personas por parte de un estado voraz que tiene una tendencia hacia el crecimiento omnívoro. Nada más falaz que esta idea. Por un lado, la vida social requiere un nivel de planificación que debe tener como límite el principio de subsidiariedad (que el estado no haga lo que el privado puede hacer). Por otro lado, los neoliberales no distinguen entre el estado y el gobierno. En efecto, el estado tiene una tendencia al crecimiento progresivo, a la monopolización de la vida social. Hay en este sentido estados grandes y pequeños, dependiendo los servicios que brinde (ejemplo de estados grandes son aquellos que otorgan a sus ciudadanos servicios públicos plenos). Lo que no dejará de haber jamás en ninguna parte en tanto existan hombres en el planeta es el gobierno. La politicidad es consustancial a la sociabilidad humana. En tanto el hombre tenga que convivir con otros hombres será necesaria la presencia de lo político como forma de organización de la comunidad y del gobierno como medio para lograr tal fin.  Los intentos por parte del neoliberalismo por eliminar la política es una utopía que les generará un gran costo, ya que la política como actividad no desaparecerá, sino que estará a cargo de otros que si crean que la política puede ser un medio revolucionario para cambiar la realidad y a las personas.

La división izquierda-derecha permite analizar la política en tanto podemos identificar ordenadamente, mediante un criterio, cuáles son los actores y las ideas que se formulan y discuten en el debate público. Un pueblo con cultura política necesita poder distinguir entre ambos sectores e identificar hacia donde se orientan sus preferencias, en base a sus intereses como votantes, y también influido, inevitablemente, por sus filias y por sus fobias.

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