Alfredo Gildemeister
Abogado Ph.D. Universidad de Navarra – Catedrático de la U. del Pacífico

El filósofo y catedrático español Carlos Goñi, señala en su libro “Ética borrosa” lo siguiente: “Vivimos en una época de desorientación moral. No está nada claro qué sea bueno y qué sea malo. No alcanzamos a ver los límites entre lo éticamente correcto y lo moralmente reprensible. Parece que las líneas simplemente se han borrado, se han difuminado, han desaparecido. Todo se considera aceptable. Ya nadie se atreve a señalar los linderos, a indicar un camino como mejor que otro. El único criterio aceptado es el de no tener criterios. Nada es del todo punible ni loable. La subjetividad se ha convertido en la única norma objetiva y, en nombre de la tolerancia, nos protegemos ante cualquier cosa que suene a convicción moral… Vivimos en la época de la ética borrosa”. Efectivamente, estas palabras de Goñi reflejan en síntesis una especie de fenómeno que viene sucediendo desde hace muchos años en la sociedad civil a nivel mundial y especialmente hoy en el Perú: la existencia de una ética borrosa en la vida de las personas. Si muchos pensaron, por ejemplo, que la “era Montesinos” había terminado, se equivocaron de cabo a rabo. Lo estamos viendo día a día, por ejemplo, con el escándalo Odebrecht en el ámbito empresarial y gubernamental; la sumisión de determinados medios de comunicación al gobierno, así como en todos los demás ámbitos en donde se desenvuelve el ser humano: familiar, conyugal, laboral, social, etc.

Para la ética borrosa todo es relativo con lo cual se vive un relativismo y un permisivismo letal. Al no existir límites entre una acción buena y una mala, todo se considera aceptable. De esta manera, el pago y cobro de “comisiones” (coimas) por el otorgamiento de una concesión es visto casi como algo “normal” en el mundo de las licitaciones en el Perú. Nadie es capaz de negar esto o de no hacerlo, pues constituye casi una “práctica aceptada”, un “uso o costumbre” que pocos o nadie niega. En el caso Odebrecht no faltan quienes se han escandalizado, no por el hecho de haberse pagado comisiones –ergo coimas- a granel para el otorgamiento de determinadas concesiones de obras públicas, sino por el altísimo monto de las comisiones, al haberse descubierto que fueron pagados fuertes montos, algo “anormal” en el “mercado”, solo visto en el mercado de la venta de armas, por mencionar algún mercado. De allí que el que muchos se horroricen por el alto monto de las comisiones pagadas y no por si el acto en sí de pagar coimas a altos funcionarios del gobierno es un acto bueno o malo, pagos incluyendo al parecer, a expresidentes, exministros, etc. nos demuestra como la ética borrosa y relativista se encuentra instaurada en nuestra sociedad. Adicionalmente, demás está mencionar la extraña “colaboración” o silencio de ciertos medios de prensa, así como el silencio de agrupaciones políticas como Frente Amplio y otras organizaciones de izquierda que organizaban marchas, lavadas de bandera, huelgas de hambre, etc. que ante temas menores protestan a mas no poder (nombramiento de directores en el BCR, etc.) y por la gran corruptela global causada por Odebrecht, poco o nada dicen o hacen. La ética borrosa vigente a todas luces en todos los ámbitos, en donde en algunos casos se invoca a la verdad, la ética y hasta la justicia, pero en otros casos se silencia totalmente. Una ética “al gusto del cliente”.

Por estas razones es que no se puede negociar ni llegar a un “acuerdo”, con una empresa cuya “visión y misión” o manera de lograr sus objetivos de negocio, es corrompiendo funcionarios, presidentes, ministros, congresistas, etc. ¡La corrupción como principio y “modus operandi”!

En el ámbito familiar, la ética borrosa se manifiesta en la imposición asolapada en dos recientes decretos legislativos de la nefasta ideología de género, en donde el gobierno y su lobbie gay le “saca la vuelta” al Congreso y a las facultades delegadas, introduciendo subrepticiamente conceptos inexistentes en nuestra legislación como el de “enfoque de género”, identidad de género, la distinción entre “sexo” y “orientación sexual”, etc. no hace más que confundir y engañar a la población, a las familias y en especial a los niños, inculcándoles una completa ficción o cuento de hadas, mediante la cual se les pretende hacer creer que el sexo es algo opcional determinado por la voountad del ser humano y que se puede ser mujer siendo hombre o ser hombre siendo mujer o las dos cosas, etc., sin tomar en cuenta que la naturaleza ya estableció para esa persona uno de los dos sexos: hombre o mujer. Como declarara recientemente el cardenal Cipriani: “Por qué tanto afán de querer corromper nuestra moral, de creer que es posible darle vuelta a todo… y en lugar de ser honestos, queremos enseñarles a nuestros niños que las mujeres pueden ser hombres y los hombres pueden ser mujeres”. ¡Vaya disparate!

En síntesis, la relatividad de la ética borrosa y la lucha contra la corrupción nos obliga a la formación urgente de personas íntegras, honestas, coherentes y virtuosas, con principios. La corrupción no se combate ni desaparecerá con leyes y decretos, sino formando desde niños verdaderos hombres y mujeres con virtudes y valores, líderes de verdad que transformen esta sociedad corrupta en una sociedad de valores. Hoy, el concepto moderno de liderazgo es una especie de amalgama de ambición, carisma, habilidad, temperamento, experiencia, competencia, dinero y un don especial para estar en el lugar y momento oportuno; pero ser líder no es eso. Los verdaderos líderes son hombres y mujeres con carácter y que educan su carácter mediante las virtudes. De allí que actúan movidos por una visión magnánima hacia aquellos que están a su cargo, formando a su personal y dando sobre todo buen ejemplo. Un verdadero líder educa su carácter, apunta a cultivar virtudes que lo harán un mejor directivo o gerente. Sin embargo, si los directivos actuales se caracterizan precisamente por su falta de carácter al no cultivar virtudes, valores o principios, es cuando caen y ceden ante el pago de una coima, una irregularidad, etc. Ahí tenemos a Odebrecht como “ejemplo”. Hay pues que formar verdaderas personas y no tecnócratas, con muchos conocimientos y punto. Ello no basta. Por tanto, la ética borrosa desaparecerá, el día que los gobiernos, congresos, ministerios, empresas privadas, etc. se llenen con verdaderas personas con principios y valores. Lo demás es pura habladuría.

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