Javier Ponce Gambirazio
Psicólogo clínico, escritor y cineasta. Con siete libros publicados y varios documentales, ha sido catedrático de la Facultad de Psicología y de las maestrías de Medicina y Educación de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

Lo normal sería que no te vieras obligado a mentir. Que tuvieras infancia, porque eso que vives se parece a cualquier cosa, menos a ser niño. Que pudieras confiar en los afectos, sin sentir esa gran piedra amenazando con aplastarte. Deberías vivir sin peligro, sin analizar cada movimiento, ni intuir que tus padres hubieran preferido abortarte antes que tener un hijo como tú. Que el miedo se estrenase mucho después, para poder correr con tus amigos, inconsciente, gritando y disfrutando. Sin mirar a los lados, sin pensar en nada, sin odiarte. Como cualquier niño normal.

Lo normal sería que no tuvieras que esconder tus sentimientos. Que pudieras declararte sin que te revienten la cara de un puñetazo y el colegio entero se burle de ti. Algo tan bonito como el amor no debería estar contaminado de violencia. Deberías poder caminar con él de la mano, invitarlo al cine, decirle cosas hermosas, regalarle un atardecer y sentir que el tiempo se detiene. Tus amigos deberían estar felices por tu felicidad y nadie debería torcer la mirada o preguntar esa estupidez de quién hace de hombre y quién de mujer. Deberías poder colgar su foto en tu cuarto, como un enamorado cualquiera, como un adolescente normal.

Lo normal sería que tus padres conocieran a tus amigos y pudieras invitarlos a tu casa. No deberías tener que reunirte en la calle, en alguna discoteca inmunda o en la casa de algún viejo que les abre las puertas porque vivió lo mismo que ustedes. No deberías tener que juntarte con quienes lo único que tienes en común, es la necesidad de esconderse. No deberías tener que caminar por los márgenes, en la oscuridad que oculta todo, incluso lo mejor de ti. Ni tu agenda la debería decidir la urgencia de probarle al mundo que vales la pena y mereces respeto, como cualquier joven normal.

Lo normal sería que pudieras conseguir un trabajo. Que contase tu preparación, no tu aspecto. Que midieran tus destrezas profesionales, no tu cama. Que tu mundo laboral no se redujera al estereotipo, ni actuasen como si te estuvieran haciendo un favor al contratarte. Que no te despidieran por ese motivo, ni tengas que conformarte con un sueldo menor. Que en la casa familiar tuvieses los mismos derechos que tus hermanos, que no se hiciera diferencia ni siquiera en los regalos. Que no esperasen lo mejor de ti para poder aceptarte, como si estuvieras siempre en falta. Que pudieras darte el lujo de equivocarte, de fracasar, de decepcionar. Que no tuvieras que hacer sobreesfuerzos buscando la aprobación, ni interpretases al payaso simpático para que te vuelvan a invitar. Que tus amigos no se alejasen de ti cuando empiecen a tener hijos porque te consideren una mala influencia. Que lo que hicieras en tu intimidad pertenezca a tu intimidad, como cualquier adulto normal.

Lo normal sería que pudieras presentar a la persona que amas, sin decir que es solo tu amigo. Que pudieran vivir juntos sin que las vecinas se llenen la boca de murmuraciones. Que ambas familias pudieran conocerse. Que quien te cuida y se preocupa por ti, tuviera un puesto en la mesa familiar, igual que tus cuñados. Que no te alejasen de tus sobrinos como si tuvieras lepra. Que no tuvieras que recurrir a artimañas legales, dar explicaciones en el banco, ni pagar seguros por separado. Que la persona que compartió su vida contigo pudiera acompañarte en la clínica, si te pasa algo, y que pudiera heredarte cuando te mueras. Como cualquier ser humano. Eso sería lo normal.

Imagen: GLADYS ALVARADO JOURDE