Javier Ponce Gambirazio
Psicólogo clínico, escritor y cineasta. Con siete libros publicados y varios documentales, ha sido catedrático de la Facultad de Psicología y de las maestrías de Medicina y Educación de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Cuando vinieron por mí, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Por su carácter metafórico y atemporal, este texto de Friedrich Gustav Emil Niemöller (1892 – 1984) tiene tantas versiones como los gustos y antipatías para incluir o descartar a los grupos mencionados. Da igual si en vez de comunistas ponemos negros y en lugar de judíos decimos gays. No interesa si se trata de sindicalistas o de quienes tienen automóvil o bicicleta. Cambian los colores, el vestuario y las justificaciones. Cambia la música y los actores, pero la obra sigue siendo la misma. Una cúpula atropella a un colectivo determinado mientras los demás contemplan la escena sin intervenir. Después vienen por el siguiente grupo y luego, el siguiente. Hasta que un día vienen por ti y no queda nadie que te defienda.

No importa la puesta en escena, el fondo es el mismo, una invitación a comprometerse y a defender los principios. Pero también es una advertencia porque, aunque la persecución del momento no te ponga en riesgo, es un deber humano frenar la brutalidad que se cometa contra los demás. Es preferible curarse en salud y proteger a quienes están siendo vulnerados, porque con el tiempo ese puñal puede darse la vuelta y atacar a quien antes supuestamente protegió. Que no peligre tu vida por ahora, no significa que no podría hacerlo en cualquier momento. Los actores pueden cambiar, pero el abuso de poder sigue siendo el mismo. Y el siguiente abusado podrías ser tú.

Tal vez creas que hoy estás a salvo. Que te encuentras del lado correcto de la línea y que los atropellos se cometerán contra otro, no contra ti. Pero no te confíes, no bajes la guardia. Esa línea siempre se mueve y mañana podrías estar del otro lado. Aprovecha tu libertad para fortalecerla, no como privilegio sino como principio. No permitas ni aplaudas la injusticia. Mucho menos formes parte de los verdugos. No voltees la cara, involúcrate y defiende a todos los que todavía son pisoteados por esa misma dinámica de exclusión. Lucha para que otros puedan conseguir ese derecho. Mientras más gente tenga esa misma libertad, más difícil será perderla.

No tengas miedo de ponerte del lado de los difamados. Nadie te confundirá. No te hagas el desentendido mientras el odio se entretiene aplastando a otros. Esto también te concierne. Si hay alguien en peligro, tú también lo estás. No escondas tu voz, no la abrigues de indolencia, abandona el balcón desde donde observas la masacre que esto también se trata de ti. De cualquiera, de todos. Porque nadie está libre de ser discriminado.

No te diré que lo hagas por tus hermanos, tus amigos o tus hijos, porque posiblemente creas que ellos también están fuera de peligro. Error, nadie lo está. Recuerda que en algún momento, por algún motivo, podrías ser excluido. Por tu color de piel, tu sexo, tu religión, tu peso, tu estatura, tu nacionalidad o lo que sea. Y si todavía tienes la frescura de sentirte a salvo, recuerda que el tiempo pasa y también podrías ser arrimado por tu edad. ¿Con qué derecho podrás entonces quejarte si cuando debiste reaccionar y pudiste hacer algo, dejaste que maltrataran a otros injustamente?

Foto: ANDRÉ CASANA

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