Javier Ponce Gambirazio
Psicólogo clínico, escritor y cineasta. Con siete libros publicados y varios documentales, ha sido catedrático de la Facultad de Psicología y de las maestrías de Medicina y Educación de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

La semana pasada la gente aprovechó para recordar a los profesores que marcaron su vida de manera positiva. Está bien felicitar a quienes hicieron un buen trabajo, pero es indispensable jalarle las orejas a quienes no lo hicieron. Hoy quiero rendir un anti-homenaje a dos profesores despreciables. Uno que podría haber hecho algo y no lo hizo. Y otro que hizo algo que nunca debió hacer.

No soy del tipo de personas que viva comparándose y siempre me dio mucha flojera competir, por eso las clases de educación física eran lo peor del colegio. Además, sentado en la carpeta del fondo de la clase me sentía más seguro, menos accesible. En cambio, el gimnasio donde había que saltar al potro, colgarse de unas argollas o hacer alguna pirueta, era el espacio perfecto para que los dos salones se despacharan con silbidos e insultos cuando tocaba mi turno. No es que yo fuera especialmente afeminado, pero ya tenía colgado el sambenito y los pelotudos adolescentes necesitaban sentirse hombrecitos y lo hacían descargándose contra mí. Para ellos era como un spa antiestrés donde probaban públicamente que poseían una alta dotación de testosterona. Se preguntarán ¿dónde estaba el profesor?

El miserable, lejos de impedirlo, validaba el ataque con sus aplausos, cuando los bellacos vociferaban sobrenombres. A ver, Ponce, pruébale a todos qué tan hombre eres, me retaba en tono afectado. Yo soñaba con atravesarlo con una jabalina y reventarle el cráneo con un ladrillo, a ver si se le quitaban las ganas de remedarme. Luego venía la peor parte, el vestuario. Hasta me ofrecía para ordenar todos los bártulos al final con tal de no entrar al camerino. El sujeto había sido campeón de algo. Quizás tenía mucho mérito como atleta, pero era un absoluto incapaz en el trato con menores de edad. No tenía ni idea de cuál era su función. Nunca entendí el filtro del colegio para contratarlo. ¿Ganar una competencia de postas te convierte en un buen maestro? ¿Tener el record de cien metros te califica como educador?

Lo triste es que esta historia no tiene nada de original. Todos los gays hemos tenido un profesor que nos sacrificó en el circo romano para que la plebe lo aplaudiera. También hemos visto asombrados cómo volteaban la mirada y fingían no enterarse. Quizás estaban de acuerdo con el linchamiento y dejaban hacer lo que ellos hubieran querido ejecutar. O tenían buena intención y su ignorancia los hizo creer que nos estaban ayudando. Tal vez pensaban que hacían lo correcto, que los comportamientos homosexuales debían castigarse y que con un poco más de golpes nos podíamos volver machitos. Por eso hace tanta falta educar primero a los profesores.

En este último festejo me sentí un poco huérfano porque cuando todo esto sucedía, ningún profesor hizo nada por mí. Todos sabían, pero se hicieron de la vista gorda. Si un escolar sufre es porque los profesores lo permiten. Los padres pueden ignorar lo que sucede, pero los profesores, no. Ellos tienen una posición privilegiada, como los carceleros del panóptico que desde su torre pueden advertir hasta el más pequeño gesto. Me gustaría que los maestros actuales asumieran la responsabilidad de vigilar e intervenir. No deberían abstenerse, están obligados a detener el maltrato. No vale callar, mucho menos ser cómplices o instigadores del abuso. Son los adultos de esa organización, los llamados a proteger a quien esté siendo atacado. La vida de un niño puede depender de lo que hagan.

(Sobre el profesor que hizo algo que no debió, hablaré en otra columna)

FOTO: JORGE LUIS SEGURA CUEVA