patricia goya
Javier Ponce Gambirazio
Psicólogo clínico, escritor y cineasta. Con siete libros publicados y varios documentales, ha sido catedrático de la Facultad de Psicología y de las maestrías de Medicina y Educación de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

Hay ciudades que prosperan de manera notable y otras que se quedan atrás. El Dr. Richard Florida explica que este fenómeno está relacionado con las características del grupo humano que las habita. Gente que hace la diferencia. Resuelven problemas con mayor rapidez y eficiencia, generan propuestas novedosas y de calidad, e innovan en el campo de la ciencia, la tecnología y el arte. Son la Clase Creativa, la tierra fértil donde cualquier cosa crece, el recurso económico determinante del éxito. Las empresas que sobresalen en crecimiento son las que migran a las ciudades donde esas personas se encuentran, no al revés como se pensaba.

Y los sitios que atraen población creativa son aquellos en donde las minorías se sienten más acogidas, las diferencias son bienvenidas y lo nuevo no produce recelo sino curiosidad. Porque la apertura a la novedad es la condición para crear. El resto es repetición de lo mismo.

En el otro lado del espectro, se ubican los lugares que expulsan este valioso recurso humano. Según las últimas mediciones de la agencia internacional del Dr. Florida, el Perú fue uno de los países que más decreció en Clase Creativa. Somos un pueblo agreste con sus mejores elementos, entre ellos, las minorías sexuales a quienes se condena al Sexilio. El sociólogo puertorriqueño Manolo Guzmán acuñó el término Sexilio, el fenómeno por el que personas se ven obligadas a dejar sus ciudades o países debido a su orientación o identidad sexual.

¿Por qué las minorías resultan tan creativas? Porque la vida obliga. Si no se generan nuevas alternativas, se puede morir. Es un mecanismo de supervivencia que se va gestando desde la infancia. Quien sabe que por ser diferente corre peligro, desarrollará estrategias para ocultarlo, activará desde antes un nivel más preciso de pregunta y se anticipará a las respuestas, tenderá a la introspección, se verá obligado a lidiar con cuestionamientos sobre su identidad y las razones por las cuales no encaja, gestionará su conducta para ocultar la fragilidad y reducir el riesgo, aprenderá a leer las emociones de los demás para identificar la complicidad o la amenaza, ocultará todo aquello que lo ponga en evidencia y se mimetizará para convencer. En situaciones críticas, hará una rápida evaluación para minimizar los daños y barajará muchas soluciones, porque sabrá que más de una fracasará.

Con este entrenamiento en la batalla de la adaptación, estamos preparados para lo inevitable, desarrollar una comunidad marginal con un nuevo contrato social. Sin guion ni referentes que determinen qué comportamientos asumir, ni qué se espera en cada edad, desde cero, generamos otras reglas, otra ética, otros objetivos, otras estructuras familiares y de pareja, distintas necesidades, otros códigos lingüísticos, otra estética y distintas aspiraciones individuales y de grupo. Además, nos vemos forzados a inventar recetas y espacios donde vivir la espiritualidad. Es un formato autogenerado que se vive en paralelo al aprendido en la socialización normal. Una nueva cultura. Y con la facilidad de quien tiene doble personalidad, alternamos entre estos dos mundos sin mayor trance. ¿Se imaginan esas destrezas aprovechadas para solucionar otros problemas?

Y nuestro país desperdicia este capital humano. Hay que ser tontos.

Por poner dos ejemplos, resulta imposible imaginar el edificio de nuestra civilización sin los inventos de Leonardo Da Vinci o los aportes del genial Alan Turing quien se quitó la vida harto del maltrato homofóbico con una manzana envenenada a la que se hace referencia en el logo de Apple, una de las tres marcas más valiosas del mundo, junto con Google y Microsoft. No podría haber escrito este texto, ni ustedes lo hubieran podido leer.

Imagen: Patricia Noya

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