venezolanos
Angello Alcazar
Estudiante de Sociología y Literatura en la Universidad McGill, Canadá. Devorador de libros, nadador, amante de las lenguas, el cine y el teatro.

Aquel es el título de una novela costumbrista del reconocido novelista y político venezolano Rómulo Gallegos que, junto con El forastero (1942), es de las últimas en las que retrata su país de origen. Después, el escritor caraqueño se adentraría en las realidades cubana y mexicana, llegando a publicar pequeñas joyas de la literatura latinoamericana como La brizna de paja en el viento (1952) y La brasa en el pico del cuervo (1954) a raíz de su estancia en esos dos países. Sin embargo, más allá de las valoraciones propiamente literarias que puede suscitar, creo que la frase que da título al primer libro citado tiene especial relevancia en estos días, dada la ola migratoria de venezolanos que aqueja a millones de peruanos.

Primero, recordemos que en su historia contemporánea el Perú se ha caracterizado más por ser un país de emigración que de inmigración. Indudablemente, no podemos pasar por alto los importantísimos flujos migratorios de europeos y africanos que tuvieron lugar desde la época virreinal en la que nuestra nación se encontraba a la merced de la monarquía española. Luego, cuando ya éramos una república, llegaron más italianos, alemanes, franceses, portugueses, croatas, así como individuos del continente asiático, entre los cuales resaltan los chinos y los japoneses. Sin todos ellos, el Perú sería irreconocible ya que, al asentarse en estas tierras, estos inmigrantes provenientes de los cuatro puntos cardinales no solo trajeron su mano de obra, sino que también enriquecieron la naciente cultura peruana con su cocina, su música, sus lenguas y una miríada de costumbres que hoy por hoy damos por peruanas. Ciertamente, como dijo Vargas Llosa en su discurso por el premio Nobel, “¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!”.

Sin embargo, desde los albores del siglo XX, los peruanos comenzaron, cada vez con más frecuencia, a dejar la tierra que los vio nacer para probar suerte en el extranjero. Al principio, la mayor parte de emigrantes perteneció a la oligarquía industrial y comercial; pero, poco a poco, se diversificó la composición migratoria y miembros de diferentes clases sociales pudieron establecerse en destinos como Estados Unidos, Canadá, Europa, Australia, etc. Actualmente, se calcula que más del 10% de la población (alrededor de tres millones de peruanos) reside fuera del país. Curiosamente, sobre todo durante la década de los 70 y a finales de la dictadura de Fujimori, Venezuela fue uno de los destinos más populares para los emigrantes peruanos.

Por todo lo anterior, provoca gran consternación el hecho de que, con la llegada de nuestros hermanos venezolanos, un sentimiento xenofóbico se haya apoderado de miles (o acaso millones) de peruanos que ven este fenómeno con gran desconfianza y, en algunos casos, con una intolerancia que fácilmente deviene en agresión. El victimismo también desemboca en el chauvinismo, es decir, la idea de un patriotismo distorsionado y ridículo según el cual todo lo nuestro es superior a lo foráneo. Es por ello que muchos ciudadanos peruanos arguyen que los despiadados vendedores de arepas les van a quitar sus puestos de trabajo y que por lo tanto prefieren apostar solamente por los productos de sus compatriotas.

Ahora bien, ¿cuál es el perfil de la mayoría de migrantes venezolanos que vienen al Perú? Pues según un reporte de la Cámara de Comercio de Lima, el inmigrante venezolano promedio tiene entre 18 y 35 años y en el 60% de los casos es una mujer. Asimismo, suele desempeñarse en sectores tan variados como la medicina, la arquitectura, la ingeniería y la comunicación social. Entre las razones que lo motivan a emigrar se encuentran la pérdida de la calidad de vida, la inseguridad personal y jurídica, y la fulminante crisis económica que ha hundido a su país en una miseria que jamás se hubiera podido prever.

Antes del chavismo, concretamente entre los años 1959 y 1999, Venezuela era un referente de progreso y prosperidad que todos los países latinoamericanos envidiaban. En ese entonces, inmigrantes de todo el mundo (entre ellos, miles de peruanos) fueron acogidos por el pueblo venezolano. Además de haber sacado provecho de sus abundantes recursos naturales, el país tenía una clara impronta democrática, como lo demostró la resolución de muchos de sus líderes al momento de encarar a las dictaduras que infestaban al resto del continente. Hoy, el régimen de Maduro no solo ha terminado de desmantelar aquel admirable sistema—generando una hiperinflación que, según la Asamblea Nacional, es de 4.068 % y una escasez de recursos y alimentos comparable a la de las más empobrecidas naciones africanas—, sino que también practica una sistemática violación de los derechos humanos y no da cabida a unas elecciones justas.

Por supuesto que las autoridades de migraciones deben cumplir su rol a cabalidad y asegurar la correcta gestión de los miles de permisos de trabajo que han otorgado con el fin de fomentar el crecimiento responsable de la productividad nacional. Pero la inmigración venezolana no debe ni puede ser vista como la receta del estancamiento económico y el desempleo, ni como una suerte de invasión fraguada en un aquelarre caraqueño. Nuestros hermanos venezolanos no vienen a holgazanear, ni a vivir a expensas de nosotros y nuestro trabajo, y de paso a estropear nuestro legado cultural. El incremento de la diáspora venezolana corresponde únicamente a la nefasta realidad por la que está pasando su país y, a diferencia de lo que defienden a capa y espada los demagogos y los patrioteros, es fundamental recordarnos los unos a los otros que aquí, sobre la misma tierra, nos apoyaremos y sacaremos provecho de esta fortuita remesa humana.

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